


La bata cayó a sus pies como un animal herido. Bajo la ducha se frotó con bronca, como si en este acto, el agua que corría sobre su piel tuviera el poder de arrastrar la enfermedad y la incertidumbre.
El diagnóstico no la tomó por sorpresa. Desde que palpó el pequeño bulto en la mama izquierda y notó que la piel se retraía en la zona; lo supo. Los estudios lo confirmaron.
Con treinta y siete años y una carrera en ascenso en la empresa, no le había dado espacio para pensar en tener hijos. Si bien a Gonzalo no le preocupaba el tema de formar una familia, se encontraron muchas veces hablando sobre ello a la hora de la cena; únicos momentos que podían compartir sin apuros. Diana, acariciándole las manos, le susurraba: Llegará si está escrito.
El destino escribió otra historia.
Sentada en la cocina, esperó que llegara Gonzalo. No sabiendo cómo le daría la noticia. No sólo que tenía un tumor, sino, que su mundo se había derrumbado. Que no habría hijos ni futuro.
No necesitó de las palabras para anunciarle el diagnóstico. Sus ojos clavados en él, lo dijeron todo. De nada sirvieron las caricias y el apretado abrazo; ella estaba en trance.
Escuchaba como un eco lejano las palabras de su ginecóloga: Deberemos realizar una biopsia, dar la clasificación del cáncer y ver en que estadio se encuentra. Por favor no se angustie, daremos con el tratamiento adecuado.
El nuevo día la encontró mirando sin ver la pava que soltaba vapor. Preparó el café. No dejaba de pensar en cómo iba a desarrollarse su vida. Sentía que todo perdió sentido. Gonzalo entró a la cocina y la abrazó con fuerza. Desayunaron sin tocar el tema, como si el silencio tuviera la fuerza de un conjuro contra la realidad que, hasta ayer, parecía pasarle a otro. Se despidieron con un beso, que esta vez resultó amargo.
Esperar el resultado de la biopsia, se alternaba entre optimismo, angustia y miedo. Todo dependía de su estado de ánimo de ese día.
Los compañeros de oficina fingían que todo estaba bien; hacían las bromas de siempre y se reunían los viernes a tomar un café en el bar de la esquina, a veces, ella los acompañaba tratando de que la aparente normalidad del encuentro, la ayudara a pasar los días.
La doctora le sugirió que buscara ayuda psicológica. Debía aprender a sobrellevar lo que le estaba ocurriendo; comprender que su marido y trabajo serían fundamentales para apuntalarla, para no dejarse caer. Tampoco culpar al mundo por su tragedia personal y darse cuenta que, por más difícil que resultara la enfermedad, hoy existen tratamientos y medicación para atacar el cáncer según su estadio.
La doctora la citó a su consultorio para informarle el resultado de la biopsia. Temblando de miedo y angustia se vistió. Se puso el trajecito blanco de falda corta, tacones altos y se maquilló con cuidado: Voy a escuchar mi sentencia con elegancia. Pensó.
Gonzalo la observaba sonriente: estás preciosa, todo estará bien. Lo presiento.
Ya en la puerta del consultorio, se puso tensa. Gonzalo la tomó de los hombros, la besó y la empujó suavemente y entraron. La doctora los esperaba con actitud profesional, tranquila y afable. Los invitó a sentarse. Diana sentía que si no lo hacía pronto, las piernas le fallarían. Por Gonzalo trató de parecer tranquila; con su angustia bastaba. Él oraba a algún dios en silencio, también fingiendo tranquilidad.
Bien; dijo la doctora. El estudio citológico de las células obtenidas en la biopsia, indica que estamos ante un pequeño tumor localizado. La clasificación en su caso es: T4· No· Mo; esto significa que no hay metástasis. El tratamiento a seguir lo determinará un mastólogo. Con los estudios realizados decidirá si se extirpa el tumor. En caso de tener que intervenir quirúrgicamente quiero que tenga la total tranquilidad, que por el estadio del tumor, es factible de cura total o con quimioterapia, si así lo requiriese.
Diana miró largamente la pared por sobre el hombro de la doctora. Su voz sonó pastosa cuando aseguró, más para sí que para su marido y la profesional: Daré la batalla con todas mis fuerzas. No me dejaré caer.
Con la ayuda psicológica se disponía a enfrentar lo que le esperaba, la cirugía de ser necesaria, o el tratamiento alternativo. Debía sobreponerse a lo duro que sería cada acción a tomar; pero también hacerlo por Gonzalo que la sostenía con su amor. Por su carrera que tanto le costó, robándole horas al sueño para llegar donde está hoy. Tenía que hacerlo por ella, con fortaleza para ir en busca del mañana.
Se aferró al brazo de Gonzalo – Vamos, caminemos juntos hasta el lugar en que, la Diana de hoy dejará su viejo ropaje de incertidumbre y vestirá con la ayuda de tu amor, la del coraje. ¡Caminemos amor!
Aida Ofelia Giménez
San Ignacio Misiones
1 Comment
Madre ! Lo que escribiste es real y a la vez realmente profundo.
Calificar tus letras en este caso sería una narración plagada de belleza literaria.
Pero a la vez plagada de una profundidad llenas de reflexiones que devienen de lo mas triste.
Llenar de arte algo como esto, yo lo sobre califico por el valor y la visión que pusiste mamá!
Gracias madre ! Tu hijo Jorge