


Los reencuentros son pequeñas joyas que el tiempo esconde y que, sin previo aviso, la vida nos entrega como un regalo inesperado.
Llegan sin golpear la puerta, como si el universo supiera exactamente cuándo necesitás volver a encontrarte con una parte de vos que quedó dormida en el recuerdo. Y entonces sucede: el pasado no solo vuelve, se despliega como una película nítida, vívida, que revive aromas, risas, gestos y miradas. Esos momentos que creías olvidados, casi desdibujados por los años, brotan con la fuerza de una catarata, trayendo consigo emociones tan intensas que es imposible no conmoverse.
La amistad verdadera tiene ese poder casi mágico: no se desgasta con el tiempo, no se borra con la distancia, no se enfría con el silencio. Permanece, intacta, habitando un rincón del alma que ni siquiera sabías que seguía latiendo con tanta fuerza. Volver a abrazar a esas amigas de toda la vida, sentir que el tiempo no pasó cuando, en realidad, pasó todo, es como abrir un libro querido por la página exacta donde lo cerraste.
Llorar de risa, reír con lágrimas, mirarse y saber exactamente lo que la otra está pensando… ¿Qué clase de milagro es ese, si no el de la amistad genuina?
Me emociona hasta lo más profundo saber que esas mujeres que marcaron mi historia —mis cómplices, mis hermanas elegidas— hoy caminan conmigo otra vez. Como si el hilo invisible que nos unía hubiera estado tenso, esperando solo el momento justo para volver a tejerse. Hubo un tiempo en que esa parte de mi vida quedó suspendida, quizás por el dolor, por la confusión, o simplemente porque no era el momento. Pero ahora, por fin, todo encaja. Presente, pasado y futuro se entrelazan en un mismo abrazo.
Hoy celebro el reencuentro, pero sobre todo celebro la amistad. Esa que trasciende el calendario, los kilómetros y los silencios. Esa que vuelve y te abraza justo cuando más lo necesitás. Porque la amistad, cuando es verdadera, no se pierde. Se guarda. Y cuando vuelve, lo hace para quedarse.