


Autor: Martina
Hace frío, un frío que no corresponde, que no pertenece, que invade la estación de las flores, tan esperada.
Mi amiga me recibe con un abrazo que me envuelve en un calor que necesito. Prepara el mate, me pregunta cómo estoy y de pronto los tres meses que anteceden a este momento me toman por completo. ¿Cómo estoy? No es tan fácil elaborar una respuesta, me viene a la mente como una proyección de diapositivas, la noche aquella en la que sin dejar de mirar la tele decidí palparme los senos, quizás movida por la historia que contó mi profesor de pintura sobre otra mujer igual que yo, pero convencida de que no encontraría nada. Me sentía inmune, la frase ¨en mi familia no hay antecedentes¨ me proporcionaba el salvoconducto suficiente para sentirme a salvo. Sin embargo, contra todo pronóstico, mis dedos detectaron el bulto; entonces dejé la tele para ponerle toda mi atención, repitiéndome que no era posible, pero el bulto estaba ahí, raro, persistente, revelador. Una cosa de nada que lo cambiaría todo.
Recuerdo el susto, el nudo en el estómago, el primer insomnio de muchos, pero también la celeridad con que al otro día, sin perder un segundo pedí el turno y accedí al médico. ¨La detección temprana salva vidas¨ era la nueva frase que me impulsaba.
La especialista me diría que mi ecografía mostraba un C4 Doppler Positivo, un nombre extraño que hubiera preferido no conocer y que confirmaba lo que parecía imposible. El golpe de realidad abrió los canales del llanto y la desesperación, pero una nueva frase vino en mi auxilio, una que decía mi papá cada vez que tenía que enfrentar algo y que yo haría mía a partir de ahora ¨La música está puesta, y hay que bailar al ritmo que nos toca¨ . Le pedí a él que me cuide como siempre y pude seguir adelante.
En tiempo récord, gracias a los médicos que sintieron mi diagnostico como propio conocí otro nombre tan poco amigable como el anterior, Carcinoma ductal infiltrante, que aceleró la cirugía, a la cual llegué con mi miedo a cuestas pero que resultó altamente positiva.
Mis hijas se hicieron cargo del posoperatorio. Fue duro para mí, que siempre enarbolé la bandera de la independencia, colgar los guantes de la que cuida, la que provee, la que soluciona, y dejarme atender por ellas. Pude entonces, entregada y rota, verlas protegerme, asistirme con su amor juvenil lleno de alegría y buena onda que me hacía sentir menos dependiente y terriblemente orgullosa.
Fue también una grata sorpresa para mí ver a su padre ayudándolas, anteponiendo mis necesidades a las suyas con una generosidad que intuía pero que ahora se mostraba reveladora y concreta, confirmando que a pesar de las circunstancias los cuatro formábamos una familia que sabía de contención, compañía y amor del bueno.
Fueron además tantas las demostraciones de afecto, expresadas en miles de formas diferentes que no pude más que sentirme una persona querida y valorada. ¡Tantas cosas que agradecer!
¿Cómo me siento? Mi amiga que conoce la historia me deja pensarlo un rato, sabe que no es una respuesta sencilla, me pasa el mate que ya está listo y me hace un gesto con la cabeza como diciendo ¿Y?
Dejo que el líquido caliente recorra mi garganta y siento cómo se me entibia el cuerpo. El mal tiempo afuera continua pero ya no lo sufro. Pienso que la música que está puesta en este momento es alegre y esperanzadora, que la primera parte del tratamiento fue superada, que queda más por delante pero eso no es mi ahora, así que me limito a bailar el ritmo que hoy toca y respondo por fin la pregunta.
-Tranquila, amiga. Estoy muy tranquila.
– Me alegro, Ale; me alegro mucho.