


Martina se fue de Misiones a los dieciocho años, con la tristeza de dejar atrás a su familia y a su Corpus natal, tenía la ilusión de que la vida, en algún momento le sonreiría. Siendo la mayor de sus hermanas, a muy temprana edad tuvo que velar por ellas, atender la casa, cuidar de su abuela, buscar leña, amasar pan, lavar ropa en el arroyo, y durante las mañanas caminar siete kilómetros para llegar a la escuela N°50 donde terminó la primaria, incluso en épocas de zafra colaboraba con la “tarefa” en el yerbal, y de regreso acompañaba a su padre en el acoplado del tractor, subida a la cima de una tambaleante montaña de raídos de yerba mate.
Cumplió sus quince años en el monte, trepada a una planta de apepú, naranja silvestre tan agria como sus pesares, no quería recibir a sus compañeras de escuela, no había nada que invitarles y eso la avergonzaba, sentada en la rama más alta de aquel árbol, por lo menos se permitía soñar, soñar con otros horizontes.
Ella no deseaba esa vida, su juventud, como la de todos, se nutría de sueños e ilusiones, y la buena fortuna, como por arte de magia le guiñaba un ojo, a los dieciséis años escribió una radionovela para participar de un concurso en Radio Parque, LT4 Radio Misiones y tuvo la dicha de encontrarse entre los ganadores, faltaba sólo el broche de oro, hacer su presentación en radio, formó una cuasi compañía cuyo elenco estaba conformado por hermanos y primos.
Los estrictos y poco permisivos modos de su padre, la obligaron a elegir cuidadosamente el papel que interpretaría cada actor, como pareja en la ficción eligió a un primo galante y bonachón, por temor a que su padre le cele tuvo que prescindir de ajenos a la familia, los preparativos para la obra iban de maravillas, pero por necedad se truncaron, su padre tomó todo a mal, esgrimiendo que aquella fantasía de ensueño no era digna de una jovencita decente. Los amigos de su padre, ante la negativa, intentaron convencerle de que no reprimiera la imaginación y los dotes artísticos de la niña, hasta pusieron su camioneta a disposición para trasladar a Posadas a la flamante compañía, fue en vano, la hosquedad de aquel espigado hombre de hirsuta barba y descendencia húngara triunfaba de nuevo.
En una ocasión en una festividad en el barrio San Antonio, Martina fue electa reina de entre diecinueve participantes, la primavera entronaba a su flor más bella, sus ojos irradiaban felicidad, pero la alegría duraría poco, su regreso a casa fue adentrarse en el mismo infierno, su padre la recibió con duros improperios, le revoleo la banda de reina y el bastón también voló por los aires. La vida era dura para las mujeres y mucho más para una jovencita soñadora, soñar en aquellos tiempos no estaba permitido.
Un día el oportunismo se apareció disfrazado de esperanza, una amiga de su madre, ex compañera de escuela, llegaba de visita desde Buenos Aires, su madre, luego de las atenciones y a medida que se iba profundizando el coloquio, no pudo evitar estallar en llanto, en sus amargas confidencias sólo aparecían las aflicciones de su querida hija. La visitante ofreció una solución, la prometedora propuesta consistía en la posibilidad de estudiar, de conocer la ciudad rebosante de oportunidades, pero la decisión final estaba en manos de su padre, que para nada se inclinaba a ceder a su hija. Martina se reveló con todas sus fuerzas, ya nadie le opondría resistencia.
A su llegada, la ciudad la deslumbró, pero había perdido por completo la noción de ubicación, el colectivo parecía nunca detenerse, al llegar a la dirección acordada y entrar a la casa de la señora que se ofreció para acogerla, se dio cuenta de que la anfitriona no estaba allí, que esa no era su casa, Buenos Aires fue solamente encierro y desolación, se esfumaban por completo las posibilidades de estudiar, otro sueño se había derrumbado, se desnudaban por fin, las verdaderas intenciones de aquella amiga de su madre, Martina se convertía en empleada doméstica. Pasó tres meses sin salir a la vereda hasta su primer día libre, un domingo obtuvo el permiso, desde las tres de la tarde hasta las ocho de la noche. No podía ir lejos, no conocía ni siquiera el lugar donde estaba parada, camino cinco cuadras y llegó a parque Lezama, en mucho tiempo no había disfrutado de un lugar tan hermoso, la plaza era un lugar nuevo para ella, donde se practicaba y aprendía el arte de la indiferencia, el tiempo pasó demasiado rápido y sin percatarse de ello volvió diez minutos tarde, no le abrieron las puertas, lloró desconsoladamente como una criatura asustada, volvió a la plaza, se sentó en un banco y pasó desapercibida un largo rato, hasta que el cuidador de la plaza, un señor de avanzada edad le preguntó qué le ocurría, la tranquilizó y le dijo que si decidía pasar la noche en el lugar, estaría bajo su cuidado, él no permitiría que nada malo le sucediera, allí amaneció, para regresar temprano otra vez a su trabajo. Así estuvo meses, casi un año sin salir a ningún lado.
Cada historia de vida presenta un giro inesperado, un capricho azaroso del destino que quita y otorga sin miramientos. La patrona le avisa a Martina que alguien vino a visitarla, pero quién la visitaría, si estaba sóla, no tenía a nadie, y aquel amable señor que le brindara protección en el banco de la plaza no conocía su dirección, invadida por la curiosidad aprovechó la ocasión para salir a la vereda, con la excusa de sacar la basura y de paso ver quién la estaba buscando. El joven que preguntaba por ella, era el hijo de la señora que la había llevado a Buenos Aires, y para su sorpresa, venía a disculparse, a pedirle perdón por lo que había hecho su madre, el joven, al enterarse de todo lo ocurrido le pidió detalles a su hermana y atando cabos llegó a Martina.
San Antonio intercedía cuál cupido criollo, germinaba un amor tan perenne cómo los yerbales. La visitó con constancia y puntualidad, la acompañó y se preocupó por ella como si fuera su hermana, el decidido joven hasta ideó un plan para rescatarla del cautiverio, escribió una carta al hermano de Martina que se encontraba en Misiones para que viniera a buscarla, tiempo después, cuando Emilio y Gabriel, su hermano más pequeño, se encontraron con su hermana Martina en el lugar donde ella trabajaba, Emilio le dijo de manera tajante y sin muchas explicaciones, que juntara sus cosas que ya no seguiría en aquel lugar. Entre la alegría y el desconcierto partieron, pero en vez de ir hacia Retiro tomaron otro camino. El joven Cirilo en complicidad con los hermanos de Martina ya había alquilado un lugar donde vivirían los cuatro, Emilio pronto tuvo que volverse a Misiones para seguir ayudando a su padre en la chacra, Cirilo, el joven novio, prestaba el servicio militar en el RC TAN 8 de Magdalena, Provincia de Buenos Aires, y Martina cuidaba del pequeño Gabriel de tan solo quince años, acuciada por el propietario del alquiler que le exigía pagase en término, no le quedaba más remedio que trabajar en lo que pudiera, el dinero era escaso y la situación se tornaba insostenible, cuando Cirilo volvió del servicio militar, Martina ya había quebrado, no disponía de un céntimo para pagar el alquiler, sólo le quedaba divagar en conjeturas y posibles soluciones, si debía optar entre los rigores de la villa y Misiones, prefería una y mil veces volver a su provincia, Cirilo sereno y resolutivo, le prometió resolver el problema con inmediatez, habló con su jefe y al otro día volvió con algo de dinero y unos documentos, para decirle a Martina que fuera al registro civil a sacar un turno, ninguna carencia podía interrumpir ese amor, se casaron, lo demás podía esperar.
Cirilo terminó el servicio, obtuvo un trabajo y tiempo después cobró un dinero por una indemnización, amueblaron el alquiler, y un año después, un veintidós de octubre, se mudaron a su propia casa, ambos trabajaron duro para ampliarla y mantenerla, él aprendió a levantar paredes y ella hasta hacía contrapisos, nada era sencillo, pero se complementaban y hacían todo lo que estaba a su alcance para progresar, la pareja sólo abandonaba su hogar para ir a visitar a la madre de Martina en Misiones que no gozaba de buena salud achacada por los menesteres de la casa y un esposo sumamente inflexible.
Gracias al esfuerzo, lo que habían hecho juntos los reconfortaba y enorgullecía, el frente de su casa tenía el delicado aspecto de un chalé suizo y el patio era lo suficientemente amplio para que jugara en el su primer hijo varón, de ruborizados y regordetes cachetes, Martina no podía imaginarse algo mejor, todo era color de rosas, su familia y su hogar eran su mundo perfecto, se sentía plena y realizada. Esa noche el agua de la ducha tuvo por unos segundos el temple justo, la frescura de la vieja vertiente, hasta que las gotas se transformaron en aguijones, Martina se dio cuenta de que algo verdaderamente lúgubre y de implacable tenacidad la atormentaba. Sintió un nódulo del tamaño de una almendra en su seno izquierdo, como por instinto, en un acto reflejo sacó su mano como si hubiera tocado una espina y se largó a llorar, de inmediato supo que estaba lidiando con algo tan complejo que el solo hecho de pensarlo la estremecía, a primeras horas de la mañana siguiente consultó al doctor, que luego de palpar sus mamas le sugirió una biopsia para así diagnosticar la complejidad de la afección.
Quince interminables días demoraron los análisis, no quiso husmear en los resultados, decidió que mejor esperaría a que el doctor los viera y por lo menos prolongaría unas horas sus esperanzas. El doctor estaba atrincherado en su escritorio a la espera de asestar en el blanco con su incendiario disparo de mortero, por más que buscara aminorar lo daños, no existían palabras adecuadas para una situación irreversible, Martina escuchó la temida palabra de seis letras y quedó aturdida, apenas alcanzaba a ver por entre las esquirlas y la humareda como los labios del doctor y de su esposo se movían. Cuando a duras penas se reincorporó la volvieron a aturdir otros tres estruendos: tumor maligno, grado tres, expectativa tres meses.
Al salir del hospital una señora que había escuchado sus lamentaciones en el pasillo del consultorio, le alcanzó un papelito muy arrugado con una dirección: Hospital San Martin, La Plata, intercambiaron lágrimas y se despidieron sin antes darse fuerza y aliento. Las dos estaban destrozadas, sus almas vestían harapos, sus ojos amargura y temor. Cuatro meses después de la biopsia su pecho tenía la apariencia de una oscura pasa de ciruela, la enfermedad ya se había extendido afectando a otros órganos.
Desde el primer día la batalla no dio tregua, en el hospital de La Plata el nuevo doctor le comunicaba que debía internarse de urgencia. Se despidió de su pequeño hijo de seis años, de sus plantas y de su perro, Martina tenía treinta y cinco años y en ese momento creyó que no volvería a ver más su casa, entró al quirófano sin saber sí saldría, sola, afuera la acompañaban su marido y una vecina que estuvo a su lado desde el primer momento, ambos nunca la abandonaron un instante.
Cuando salió del quirófano, apenas se repuso, el doctor fue a visitarla y le comentó que hubo una junta médica en la que concluyeron que desde ese día en adelante todo dependía de ella, la ciencia ya había hecho todo lo que podía hacer.
Al año ya le habían hecho un tratamiento de radioterapia con cobalto de setenta y cinco aplicaciones y otras veinte aplicaciones de quimioterapia, ya no soportaba más, estaba destruida por dentro y por fuera, una de las doctoras del equipo médico se negaba a que continuarán con el tratamiento, Martina sufría horrores y su deterioro era notable, uno de los doctores pidió suspender la medicación por dos semanas, su hígado estaba siendo devorado día a día por un águila como en el mito de Prometeo. Concluída la espera, al volver con el equipo médico, la doctora la abrazó con una ternura indescriptible y le dijo: ¡Hija, te doy una buena noticia, ya no necesitas más quimioterapia!
Martina abandonaba el hospital donde también empezaban a ser atendidos los heridos de la otra guerra, las noticias respecto a Malvinas eran devastadoras. Ella en su cruenta batalla ocultaba sus treinta y nueve puntos de cicatriz, dos horas de viaje para cada aplicación de su tratamiento, unos terribles dolores en el pecho, unas punzadas insoportables que la tenían a mal traer y la preocupaban. Por suerte , en una de sus consultas sin cita previa, porque ya no aguantaba más los dolores como para esperar un turno, la doctora la tranquilizó, diciéndole que cada vez que tenía esos fuertes dolores, si estaba en su casa, que levantara el brazo o que se agarrara del pasamanos del colectivo si estuviera viajando, la cirugía era tan delicada que quedaban secuelas, los nervios no se unían del todo, y le producían una especie de calambre.
Su vida era muy dura, pero cuando volvía a su casa, y veía a su hijo Fabian encontraba todo el consuelo en su sonrisa, Fabi era la fuerza que la impulsaba a seguir, su razón de ser, pero antes de que ella se recuperara, él también enfermó, lo llevaron al hospital con una crisis asmática, entró en terapia intensiva y ella todavía no se había quitado los puntos de su cirugía, igual así, alternaba sus días entre el hospital de niños nuestra Señora Ludovica y el San Martín, hasta que el médico de su hijo se enteró por intermedio de la mamá de otro paciente de su situación y en el hospital pusieron a disposición un baño que era de uso de los doctores para que ella pudiera asearse, además de permitirle dormir allí, ya que llevaba semanas deambulando por los hospital durmiendo de silla en silla sin poder ir a su casa. Su hijo atravesó tres terapias intensivas, más de quince internaciones y allí siempre estuvo ella a su lado, jamás lo abandonó un solo día, hasta que él cumplió quince años y lo derivaron a otro hospital de adultos, dondé permaneció un año hasta el alta definitiva.
Martina se radicó en Florencio Varela donde luego de transitar su enfermedad, visitó varios hospitales dando charlas a pacientes oncológicos, vio la misma desesperanza que ella sintió en muchas mujeres, se sentaba junto a sus camas y les explicaba que no, que el cáncer tiene cura, nada más había que cuidarse, ponerle empeño y ganas de vivir y no deprimirse nunca, la depresión es el alimento del cáncer, siempre les decía, les mostraba su cirugía para que ellas tomaran conciencia de que su cicatriz ya tenía treinta años, Martina siempre se sintió feliz de poder ayudar a otras personas que transitaron la enfermedad y que pasaron por lo mismo que ella pasó. ¡ y pensar que cuando le diagnosticaron cáncer, se le vino el mundo abajo, se le cayó el hospital encima!
Su vida fue realmente increíble, después de recuperarse hasta trabajo en lugares vedados en aquel entonces para las mujeres, la aceptaron en una curtiembre, trabajo en una fábrica de juguetes y hasta soportó el rigor de las temperaturas trabajando en una cámara frigorífica, tareas que por aquellos años eran exclusivas de los hombres, el trabajo bien remunerado era escaso e impensado para las mujeres. Parece mentira, pero a ella nada le asustaba, hasta luchó contra un cáncer y lo derrotó.
No hace mucho me confesó que siempre extrañó a sus hermanos: Martin, Emilio, Hector, Alfonzo y Gabriel, que hubiera deseado compartir más momentos con ellos, y se lamentaba porque algunos de ellos hoy ya no están, aunque siempre mantuvo contacto con sus queridas hermanas: Zulma, Rosa y Lidia, estaba arrepentida diez mil veces de pisar el suelo de Buenos Aires, su anhelo siempre fue regresar a Misiones. En textuales palabras me dijo: – Hoy estoy feliz, hoy vivo feliz, con mí hijo de sangre, con Estela mí hija de corazón, mis nietos y mí bisnieto, tengo una familia hermosa, una familia que me llena todos los días, que me cuida, que a cada segundo me dicen te quiero, te amo, pero pasó tanta agua debajo del puente, para que yo pueda decir hoy que soy feliz, llevo cincuenta años de casada, mi esposo fue siempre mi sostén, fue y sigue siendo un compañero leal, que me cuida como a una reina y creo que él fue mí mejor terapia, mí hijo y mí esposo fueron los mejores psicólogos del mundo, mí vida no fue nada buena, mí vida fue algo especial, así cómo verás sobrino, así fue la vida de tu tía.
Para Martina el tiempo era un preciado regalo, le dijeron cinco años y los vivió como si cada día fuera el último, luego de transcurridos diez años, se sintió feliz de por fin vencer a su peor enemigo y así fueron pasando los años siempre con la confianza puesta en Dios, a él le agradeció por cada día, por cada instante, aunque en los momentos más difíciles hasta dudó de su existencia, cada vez que se pone a pensar en todo lo vivido, más agradecida se siente, le habían dado tres meses de vida, hoy tiene setenta y dos años. Su hijo Fabian siempre le dice: ¡Mamá, tus años son un regalo de Dios!
Dedicado a todas las mujeres que atravesaron o atraviesan en la enfermedad un drama similar, a mí querida prima Mirta, que hoy la está peleando con todas sus fuerzas. A todas esas bellas personas que honran la vida, luchando contra la adversidad con la frente en alto y una sonrisa.
Díogenes Arístides
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A veces creemos que algunas mujeres nos pasan cosas terribles pero cuando leí este blog me di cuenta que egoísta soy x pensar que soy la única mujer sufrida….perdón Martina a vos y todas las martinas valientes que vencieron a esta terrible enfermedad besos y abrazos gigantes desde Posadas misiones.